20 febrero 2017

MI ABUELA LUISA. SOBRE LA MUERTE (Y VOL 4)

Junio de 2003, fin de los exámenes en la Universidad, vuelvo al pueblo con el alivio de haber terminado y pensando en la obligación de tener que trabajar en el campo tres meses. El primer día de “vacaciones” llevo a mi madre y a mi abuela a un médico privado porque mi abuela tiene desde Navidad dificultades para tragar y el médico de cabecera no ve nada anormal. El médico privado observa a la primera una cuerda vocal paralizada y decide enviar a mi abuela al hospital para una exploración más profunda. En el hospital descubren una masa en la garganta de mi abuela a la que nunca llaman cáncer sino bocio. Un bocio es un aumento del tamaño de la glándula tiroidea, situada en el cuello. Mi abuela, una mujer de ochenta años que no había estado enferma en su vida y que llevaba una vida independiente aunque viviendo con nosotros, se encuentra de repente ingresada en un hospital sin un plan de actuación por parte de los médicos, simplemente alimentarla por vía intraparenteral, a través de una vía en el brazo. Los médicos tardaron dos meses en decidir un curso de acción, al final se decidieron por una sonda directa al estómago como método paliativo del “bocio”. En esos dos meses yo dormí, o más bien no dormí, un día sí y uno no en el hospital, así que la secuencia de aquel verano fue: trabajar, dormir en casa, trabajar, noche en el hospital, trabajar, dormir en casa… 

Justo antes de la operación para insertar la sonda, y después de dos meses de internamiento, alguien decide que por qué no enviar a mi abuela a Córdoba para ver que dicen los médicos de allí y ver si se puede operar el bocio. Estuve solo en Córdoba con ella las veinticuatro horas que estuvo allí y fue raro, porque había habido un accidente en la autovía de Sevilla y la habitación se llenó de heridos entrando y saliendo y porque al día siguiente cuando los resultados de las pruebas (una radiografía de pecho) de mi abuela estuvieron listos, yo era el único que estaba allí para hablar con el médico, aunque más bien sólo habló él, y habló de un cáncer extendido por todo el pecho y enraizado (uso esa palabra) en las costillas, algo que eliminaba cualquier posibilidad de extirpación, mucho menos en una persona de ochenta años. Así que el único curso de acción posible era la consabida sonda para los alimentos y una futura traqueotomía e inserción de una cánula cuando el cáncer comenzara a oprimir la tráquea. Recuerdo que allí pensé claramente que lo mejor que podía pasar es que mi abuela muriese rápidamente, fue un pensamiento fulminante y muy claro que me sorprendió hasta a mí. 

Al volver al pueblo, no digo nada sobre el cáncer y todo el mundo sigue hablando de “bocio”, mi madre aún hoy sigue pensando y así se lo dice a todo el mundo, que fue un bocio, cuestión de terminología supongo. Me resultó muy curioso que los médicos del hospital de mi pueblo incluso teniendo el informe de Córdoba siguiesen sin decir cáncer, sólo bocio o masa. Pensé que para qué hacer sufrir con simple terminología a personas que no soportan escuchar o pronunciar la palabra cáncer. Así que la acción siguió su curso, a mi abuela le insertan una sonda en el estómago y regresa a casa. 

La primera vez que “come” lo único que preguntó fue “¿y esto es comer?” El pensamiento que tuve en Córdoba volvió violentamente. Cuatro días después y a causa de una infección hospitalaria en la sonda, mi abuela pierde el conocimiento y es ingresada de nuevo deshidratada, con mucha fiebre y con los ojos en blanco. No volvió a ver. 

Septiembre. Tardó cuatro días en morir, días en los que yo estuve con ella dos noches y todas las mañanas. A veces, algunos pensamientos se manifiestan tan claramente que sabes que se harán realidad, yo pensé, sabía, que mi abuela moriría estando yo allí.
Un médico joven muy amable pasaba todas las mañanas y pellizcaba a mi abuela en diferentes partes del cuerpo para ver si reaccionaba, pero no pasaba nada, al tercer día comenzó a acumular líquidos y su piel se volvió transparente, el médico dijo que era cuestión de horas, la infección se había extendido.
Recuerdo estar sentado en la habitación del hospital leyendo “Baudolino” de Umberto Eco e inconscientemente controlando la respiración de mi abuela a través de mi lectura: inspira, una o dos líneas, espira, una o dos líneas, inspira una o dos líneas… de repente la secuencia cambió y se convirtió en inspira, un párrafo, espira, un párrafo, así que llamé a las enfermeras que rápidamente me echaron de la habitación, cuestión de procedimiento supongo, pero fue algo que en aquel momento me enfadó muchísimo. Una enfermera salió y dijo “está acabando”. Murió. Me dejaron entrar y en los diez minutos en los que no la había visto había cambiado completamente. Pensé que como mínimo y por muy placentera que sea la muerte se tarda diez minutos en morir.

Mi familia llegó, todo el mundo menos yo lloró mucho, se culpó a los médicos, a la poca profesionalidad y a otras pocas cosas más. 

Era el tres de Septiembre, en un mes volvería a la Universidad y a hacer lo que siempre hago, seguir hacia adelante y no mirar hacia atrás nunca, los siguientes cuatro o cinco años equivaldrían a toda una vida de aprendizaje para mí.

Espero no tener que escribir sobre más muertes en este blog por mucho tiempo. Aunque claro…


1 comentario:

Silvia Valentini dijo...

Sigo pensando en mi abuela.. Ayer me puse a llorar pensando a los ultimos dias en el hospital, e yo era el medico. Ni la posibilidad de enfadarme con otros, ya que era mi responsabilidad.
Os echo de menos amigos.
No consigo escribirte porque ya no tengo tu email, pero mi email sigue la misma. Escribime porfa!
Un abrazo, Silvia